jueves, 7 de agosto de 2008

ZAPATOS




Siempre que mantenían relaciones ninguno de los dos se quitaba los zapatos.
Fue un acuerdo tácito, amable, sin pactos. Un deseo rápido, sin compromiso y con la esperanza e ilusión de salir corriendo en busca de algo mejor. Estaban en una estación de paso esperando lo definitivo y perfecto.
Se miraban, sonreían, se acariciaban, disfrutaban y seguían sus vidas. Sin quitarse los zapatos para no perder tiempo, no fuera a ser que se escapara alguna palabra de más, algún movimiento de menos.
Empezaron a acumular instantes en los que se sintieron cómodos, en los que quizá algún anhelo quedó prendido tras un gemido relleno de placer.
Aquella tarde fue diferente a todas: no era primavera, los amantes no domesticaban mariposas en el estómago, no bailaban su canción, pero algo disminuyó el ansia de huir.
Ella balanceó con cadencia sus sandalias por si caían. El aflojó los cordones con más intensidad que en otras ocasiones.
Se miraron y comprendieron. El silencio mató la decisión.
La cobardía gimió ahogando el momento, mientras ella se apresuraba a sujetar la sandalia a la planta del pie, al tiempo que el ataba los cordones de sus zapatos. Le dio miedo tropezar.
La complicidad desvalida pero tranquila y cierta de sus encuentros quedó grabada en sus memorias para siempre.
No se volvieron a ver.
No encontraron algo mejor.