viernes, 8 de agosto de 2008

SON PRECIOSOS NUESTROS BESOS



He vuelto a encontrarme con él, me ha traído a una azotea que parece el arca de Noé, todos los pájaros vienen a mostrarnos su vuelo. Quieren que lo intentemos o cagarse en nosotros -le digo- mientras me aparta el pelo de la cara y yo paso el dedo juguetón por sus costillas. El fino colchón improvisado derrama todo el deseo. Hay alguien en aquel rincón que nos observa -dice- mientras sonreímos y no pesan nuestros cuerpos desnudos.
Una abeja vuela alrededor de las macetas y pequeñas semillas con diminutos paracaídas pasan delante de nosotros, llevadas por el viento hasta las calles de su ciudad, hasta la arena de su espalda desnuda en este lugar donde no hay estrellas ni lunas, y no es ni mi ciudad ni la suya. Me acerco y me acuesto a su lado. No tengo frío. La abeja se ha ido. Se gira y me abraza. Cierro los ojos y juego a que el tiempo no existe. Ha vuelto la abeja pero los dos dormimos.

Sueño con faros estériles en noches oscuras de mi pasado mientras él lo hace con estaciones vacías en campos de matojos, con vías abandonadas que atraviesan todo su miedo. Nos miramos y florecen amapolas.
En una pared de vuelta a casa alguien ha escrito:
“La suma de todo es nada”
Por la noche antes de volver a buscarle, vuelvo y añado:
“No somos nada pero la suma de todo eres tú.”