martes, 26 de agosto de 2008

RABIOSA NORMALIDAD



El día que me abandonó Manuela me puse bien triste. Aquella noche con dos somníferos en el estómago no pude encontrar ningún sueño. Ni una lágrima descubrí en mis ojos. No obstante mi vejiga estaba llena cada media hora y me entretuve toda la noche con mis paseos cortos y mis pises largos. Conté diez micciones. A la noche siguiente, ocurrió lo mismo. Cada noche iba más veces.
En aquellos días me dio por pensar que como estaba muy deprimido y no podía llorar mi organismo canalizaba mis lágrimas en pis. Era como mearme en la tristeza que me había alquilado Manuela a traición. Cada día más larga, más grande y más líquida. Removía los recuerdos mal apagados que no se extinguían con mi orina.
Hipocondríaco que soy de naturaleza, comencé a pensar que algo funcionaba mal en mis riñones. Así que comencé un largo calvario de médicos y pruebas que se formalizó en una exhaustiva itv de mi cuerpo. Después de visitar a varios urólogos, hacerme diversos análisis de orina y exponer de manera lacónica todos mis síntomas, logré que uno de ellos me mandara hacerme una ecografía de vejiga y de riñones. En esos días de patética resistencia vital aquello fue un absoluto acontecimiento.
Aquella mañana me levanté tan nervioso como el que va a recoger los resultados positivos del VIH. Cuanto más se aproximaba la hora más pinchazos sentía en el estómago, más ganas de orinar tenía y con más insistencia pensaba que mi enfermedad acabaría conmigo por completo. Cuando llegó la hora de la ecografía mi vejiga estaba a punto de estallar, entré en la sala y mi verborrea me traicionó veloz. No dejé de hacer insustanciales preguntas que dibujaban de manera absolutamente certera mi neurosis. Como no paraba de hablar, cuando el médico me decía que respirara, no lo hacía bien y el hombre tenía que volver a empezar el proceso. Se empezaba a enfadar. Media hora tardó, cuando lo normal no supera los diez minutos. Si hubiera podido me hubiera dado una buena torta, o un capón o una patada en el culo.
Ya en la sala de espera casi me desmayo esperando los resultados. Cuando salieron a darme el sobre, algo debieron comentar sobre mí, porque el ATS me lanzó el sobre a la cara con un gesto de desprecio tal que me hizo hasta daño.
En negrita ponía que mi ecografía destacaba por su rabiosa normalidad. Cabizbajo y ya sin motivos para enfermedades regresé a casa.
En mi terraza, me dio por mear en una de las pocas cosas que Manuela no se había llevado, una maceta con tierra seca. Aquella noche dormí mejor, del tirón. Por la mañana salí a fumarme fuera el primer cigarro. Milagrosamente el tallo de un geranio comenzaba a vivir en la maceta muerta del día anterior. Comencé a llorar desconsoladamente, al tiempo que sonreía. Me estaba curando y había mucha vida dentro de mí y mi orina.