viernes, 1 de agosto de 2008

PARÍS

Recuerdo que en la casona, aquella casona que funcionaba como un cuerpo místico, todo se revistió de dulzura. Romualdo el congoleño alzaba levemente su rostro lleno de cicatrices a nuestro paso y sonreía con una candidez suprema. Remedios el tuerto nos ofrecía, hacendoso, femenino y protector, manjares cocinados con miel y curry, cacerolas cubiertas con papel de plata que él y yo engulliamos en las largas veladas de la buhardilla de la plaza de la Bolsa. Buenaventura y Poncho nos hablaban con delicadeza nueva, como si estuviesemos enfermos, como si nuestras manos unidas prefigurasen un tumor maligno, doloroso, pero sumamente encantador, al fin y al cabo.
Cuando entrábamos en el gran salón, los murmullos se atenuaban hasta dessaparecer y todos se ponían de acuerdo en modular una conversación placentera, bondadosa. Las putas empezaron a sonreirme y hasta Sebastián, el joven travesti venezolano, se empeñó en que le leyese los poemas que había escrito algunas noches madrileñas de doloroso insomnio.
Supongo que nuestra repentina felicidad prefiguraba a sus ojos una especie de cuento de hadas imposible. Los enamorados y los recién nacidos tienen la virtud de despertar en quien los contempla, sean mendigos, putas, asesinos o emplazados, una candidez tan infantil, una esperanza tan vana. Todos parecen decirse: "Si esto puede ocurrir es que es todo posible. Si todo es posible quizás haya aún esperanza para mí".
Nuestro enamoramiento parecía haber arrastrado con su fuerza a todos los que nos rodeaban. Aquel gran edificio ruinoso, lleno de gente variopinta, e incluso extraña, cobró vida, y entraba por fin esa luz de la que tanto me habían hablado que tiene esta ciudad. París mismo creo que se había enamorado. Y porque estábamos enamorados, todo el mundo se había enamorado de nosotros.