miércoles, 27 de agosto de 2008

MI ABUELA IRENE

Mi abuela Irene este verano se iba a morir, pero resulta que no le ha dado la gana.
En ocasiones me da la sensación que se ha caído de un poema de Lorca. Nunca he visto a nadie tan diferente a todo como ella. De niña me quedaba horas y horas viendo como se movía. Lo que más me gustaba del mundo era ver como plegaba ropa, lo hacía de una manera tan preciosa que parecía que doblaba flores. Lo que más me flipaba era su apasionamiento hacia cualquier tontería, el caso es que al final las cosas salían como ella quería...ven vamos a la cámara decía cuando no le llegaba ni al ombligo...llegábamos a las orzas para sacar chorizos y parecía que estaba sacando lingotes de oro...y así con todo...
Cuando mi abuelo se iba por las mañanas de madrugada a sacar a las ovejas, a veces ella venía y se acostaba en mi cama. Me encantaba su olor. Cuando se lo decía, sonreía y me enseñaba su escote…¿ves? Son las ramitas de espliego que me trae tu abuelo del monte. Entonces pensaba que Irene significaba aire limpio.
Por una tragedia familiar me quedé de nieta primera, por otra tragedia viví el primer año de mi vida con mis abuelos. Por acumulación de episodios tristes durante los ocho primeros años de mi vida no me dejaron pisar la calle si no era para ir al cole. Del cole a casa y de casa al cole. Mi timídez se hizo gigante entre cuatro paredes. Solía leer sin parar. Cada semana mi madre me compraba un libro de cuentos escogidos. Leía e inventaba mis propios cuentos que eran malas copias rositizadas . Tengo varios todavía guardados, era una plagiadora con poco arte y muchas intenciones. Si leía el patito feo, al día siguiente escribía La ovejita Rosa. Del príncipe valiente llegó La princesa cagona y así una serie de sucedáneos que me recuerdan que desde mi más tierna infancia soy una cursi redoblada y sin posible extinción. Como mis padres no tenían nunca vacaciones porque se quedaban a trabajar en Madrid, comenzamos a ir al pueblo los veranos.
Mis hermanos pequeños enseguida se hicieron amigos. Yo no. La gente me intimidaba y no quería salir de casa de los abuelos. Mi abuela con un genio infinitamente más grande que ella, se enfadaba conmigo y me decía que tenía que salir a jugar a la calle. Pero yo no sabía jugar y me daban miedo los niños. Entonces mi abuela se inventó una estrategia para que saliera y no me pasara el día leyendo en casa. Todas las niñas del pueblo cuando se levantaban por la mañana iban a buscar el pan. Como el pueblo era muy pequeño no había horno y el pan venía en una furgoneta desde otro pueblo más grande. Mi abuela estuvo cosiendo cinco días seguidos una bolsa preciosísima de pan..estoy absolutamente convencida de que si hubiera habido una tienda de chinos en el pueblo le hubiera puesto hasta luces para que las demás niñas se fijaran en mí. Y cuando terminó me dijo. A partir de ahora vas a ir a por el pan todos los días. Aquello me pareció terrorífico.
El primer día llegué, me senté con la bolsa de pan a un lado y esperé en el banco, roja como un pimiento. Enseguida empezaron a venir todas las niñas del pueblo. Una tras otra empezó a hablar conmigo para comentar lo bonita que era mi bolsa. Fue fácil hacer amigas con la excusa de la bolsa de pan que había cosido mi abuela. Cuando volví con el pan, mi abuela me estaba esperando …¿ Qué tal? - me dijo Bien, mañana hemos quedado para ver quién adivina a que hora viene la furgoneta del pan. Sonrió y se dio media vuelta. Desde aquél momento mi abuela creó un animal social en mí. Muchas veces cuando estoy rodeada de gente todavía me acuerdo de la bolsa mágica de pan y de mi abuela.
Hoy a mediodía he visto a mi abuela, estaba dormidita y he pasado a su habitación a darle un beso. No se va a morir, no. Es todavía preciosa y se sigue moviendo con la elegancia de una gacela pequeñita. Su sonrisa es maravillosa, de una dulzura espectacular y sus ojos grises todavía me emocionan. Aunque casi no habla porque hace años tuvo un infarto cerebral, cuando me ve pronuncia claramente: LA CHICA, mientras me besa las manos y deja sus ganas de vivir prendidas en mis dedos.